Los últimos
resultados de la
encuesta CASEN han vuelto a poner en discusión el cómo se
determina la línea de la
pobreza. Por un lado se crítica que la canasta básica considere
los mismos alimentos que hace 20 años o que la razón con los gastos no-alimenticios
siga siendo igual, pero actualizarla dificultaría la comparación de la
situación actual con la de los años anteriores.
Otros se preocupan de aclarar que las personas en condición de pobreza
no son sólo los que aparecieron en ese momento particular bajo la línea, sino
que todos aquellos que son vulnerables a caer en ella en el futuro próximo.
Más allá de la
pregunta acerca de cómo medimos la cantidad de compatriotas en situación de
pobreza y cuánto hemos mejorado en la tarea de terminar con ella, creo que siempre
cabe preguntarse en qué consiste la pobreza y cómo hacemos para superarla. ¿Es
únicamente una cuestión de ingresos?
En la última
edición de la revista “Qué Pasa” se les preguntó a algunas personas que viven
en condición de pobreza qué significaba para ellos salir de esa situación. Todos
coincidían en que ello consistía en tener una casa propia y un empleo estable. ¿Por
qué? ¿Qué hay en la casa propia y en
trabajar, que no está en el mero techo para dormir ni en el simple recibir lo
suficiente para comer?
Creo que al
hacer esta pregunta se toca un tema central de la pobreza y su superación que
es el respeto por la dignidad del ser humano. No es lo mismo tener un techo
donde dormir, que un espacio propio donde poder formar un hogar. Tampoco es lo
mismo tener qué comer, que comer el fruto del propio trabajo. El respeto por la
dignidad es la diferencia entre sobrevivir y vivir, entre estar predeterminado
y poder proyectarse libremente. La pobreza no deja de existir con el tener,
sino con el permitir ser. El tener es sólo una condición, pero insuficiente.
Entendida así, la superación de la pobreza es un problema aun
más complejo que una mezcla de crecimiento económico (para tener más y mejores
empleos) y subsidios sociales (para tener las oportunidades para surgir), requiere
además de un respeto por la dignidad del hombre y sus derechos fundamentales. Por
un lado, el crecimiento sin respeto a los derechos laborales esclavizaría a las
personas y, aunque ganaran más, seguirían sólo sobreviviendo. A su vez, los
subsidios sin el respeto por la dignidad devendrían en asistencialismos que
quizá acabarían con los campamentos, pero nada harían por permitir construir hogares
sanos.
Nunca está de más recordar que la lucha contra la pobreza
no se resuelve sólo en cumplir metas numéricas.
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